Ena, la ola

1

 

Es un cuento de Luis, el papá de Lucía.  Espero que os guste (y que escriba muchos más):

 

“Ena, la ola”

 

 Francisco, el herrero, era muy cuidadoso en su trabajo. Cada vez que tenía que fabricar una herramienta para el campo o una espada lo pensaba una y otra vez, estudiando cuál era la mejor manera de hacerlo. Era feliz haciendo lo que hacía. Y se sentía afortunado de poder vivir en ese pueblo, al lado del mar. No era un pueblo especialmente bonito, pero había algo que lo diferenciaba de los demás. Cada 28 de julio, sin que nadie supiera realmente por qué, una gran ola aparecía en el horizonte y se estrellaba contra el acantilado, provocando una lluvia finísima que refrescaba todo el pueblo durante horas. La gente recibía la lluvia con alivio, pues por esas fechas siempre hacía un calor terrible. Ni siquiera los más viejos del lugar sabían desde hacía cuánto tiempo ocurría ese fenómeno. Según contaba la leyenda, muchos años atrás vivió allí una princesa llamada Ena. Se decía de ella que era justa, que amaba a su pueblo y que jamás provocó una guerra contra los pueblos vecinos, pues lo más importante para ella era que los seres humanos vivieran en paz. La gente era feliz, y todo el mundo la quería. Pero parece ser que algunos de sus ministros no estaban de acuerdo con esa manera de gobernar, pensaban que el reino debía ser cada vez mayor y para ello le propusieron invadir los pueblos vecinos. Ena se negó, jamás declararía la guerra a nadie, quería que todos vivieran en paz. Sus ministros montaron en cólera y decidieron destronarla. Así, un buen día la secuestraron y la llevaron a un lugar lejano, poniendo en su lugar al cabecilla de la rebelión. Nunca más se supo de Ena, tan sólo se oyó que antes de que se la llevaran a la fuerza exclamó: “Volveré, de alguna manera volveré, y haré que mi pueblo vuelva a ser feliz”. Curiosamente, justo un año después apareció la gran ola por primera vez, y muchos no tuvieron ninguna duda: la ola era Ena, que volvía tal y como había prometido. Al recibir la refrescante lluvia que produjo la ola, todos los habitantes respiraron sonriendo, sabían que ella estaba allí, protegiéndoles. Mucho tiempo después esa historia se convirtió en una leyenda, y nadie sabía si era real o no. El caso es que todos los años la gente esperaba con ansiedad la gran ola, salían de sus casas, se sentaban en las cercanías del acantilado, y disfrutaban con el espectáculo de la ola golpeando con fuerza las rocas. Después se organizaba una gran fiesta con música y baile, en honor  a la princesa Ena.
Sin embargo, Francisco, el herrero, jamás iba al acantilado para ver la ola. Desde que era niño le producía un miedo terrible, y se escondía para que nadie le encontrara. Así que cada 28 de julio se metía en su herrería y no salía hasta que comenzaban los bailes. Su mujer, Gloria, no entendía su actitud, pero siempre había respetado su decisión. Sin embargo, un día decidió que tenía que ayudar a su marido a superar ese miedo:
–          ¿Por qué no coges la barca y buscas el lugar donde se originan las olas? A lo mejor eso te hace ver todo de otra manera y superas el miedo que te dan esas olas gigantes- le dijo su mujer.
Francisco pensaba que la historia de la princesa Ena era sólo un cuento antiguo, y que el misterio de la gran ola debía tener una explicación.
–          Pero ¿a dónde me dirijo? El mar es inmenso- respondió Francisco.
–          La gran ola siempre viene desde el norte. Ve en dirección al norte, seguro que lo encuentras- respondió Gloria.
–          Tú siempre eres optimista. Bueno, lo haré, al año que viene me marcharé unos días antes en busca de la Gran Ola- dijo decidido Francisco
–          En busca de Ena…- dijo Gloria.
 
Pasó un año, y un par de días antes de la llegada de la ola,  el herrero preparó su pequeña barca de vela y se despidió de su mujer.
–          Ten mucho cuidado, si en unos días no has encontrado nada vuelve, no quiero que te pierdas en la inmensidad del mar- dijo Gloria.
–          Tranquila, no me alejaré demasiado- Y el herrero partió rumbo al horizonte,  con el rostro muy serio pero también emocionado, porque esperaba encontrar por fin el secreto de la gran ola.
Tras navegar varias horas sin ver nada más que el agua del mar, empezó a impacientarse.
–         A lo mejor estoy buscando una aguja en un pajar, el mar es inmenso, y quizá esté a leguas del lugar donde se crean las olas- pensaba Francisco.
Tras un buen rato vio a lo lejos una pequeña isla, y  pensó que sería buena idea atracar allí y proveerse de alimentos y agua.
Al llegar a la orilla desembarcó y se puso a mirar a su alrededor. De repente oyó alguien cantando. Era una voz de niña.
–         Sube y baja la ola, la arena se marcha y se queda. Mi amor esta lejos, muy lejos. Igual que mi tierra desierta…-cantaba la niña.
El herrero se acercó a la niña, que cogía puñados de arena y los volvía a lanzar al mar. La niña le miró sonriendo.
– ¡Hola! ¿Quién eres?- preguntó la niña.
– Hola, niña, me llamo Francisco. Verás, iba navegando y de repente me he encontrado con esta playa, creo que me he perdido. ¿Dónde estoy?
–         La gente la llama La isla de la princesa- contestó la niña.
–         Es un nombre muy bonito. ¿Hay cerca algún pueblo donde pueda comprar algo de comida?- dijo el  herrero.
–         Sí, está detrás de esa loma. ¿Qué haces aquí?- contestó la niña.
–         Nada, estoy buscando una…bueno, da igual, no lo entenderías- dijo el herrero.
–         ¿Quieres que te lleve al pueblo? – dijo la niña señalando la montaña.
La loma a la que se refería la niña era una montaña inmensa, el herrero pensó que le llevaría mucho tiempo subirla.
–         No te preocupes- dijo la niña como si le hubiera leído el pensamiento- Hay una puerta secreta que lleva hasta el pueblo.
La niña llegó a una pared de roca en la que había una puerta dibujada, pero como si fuera lo más normal del mundo sacó una llave del bolsillo y la abrió sin ningún esfuerzo.
Francisco se dio cuenta de que estaba muy oscuro y se detuvo. No sólo le tenía miedo a la gran ola. También la oscuridad le daba pánico.
–         Ven, no pasa nada, es sólo un momento- la niña cogió al herrero de la mano y le condujo al interior del pasadizo.
Al principio Francisco caminaba muy despacio, pero poco a poco notó que iba teniendo menos miedo a la oscuridad. Era curioso: él, que era tan grande se sentía protegido andando de la mano de esa pequeña niña. Por fin vio una luz, habían llegado al otro lado, y al abrir la puerta de salida pudo ver que el pueblo de la niña estaba muy cerca de allí. Mientras caminaba por el sendero vio que había una vaca tumbada al lado del camino. Recordó que las vacas también le daban miedo, así que se paró.
–         Vamos, no tengas miedo, no hace nada malo, sólo está descansando- dijo la niña estirándole del brazo.
El herrero se sintió seguro con las palabras de la niña y siguió caminando. Poco después llegaron al pueblo, y lo primero que vio fue la estatua de una mujer muy hermosa en medio de la plaza. Había una inscripción debajo que decía: “A la princesa Ena”. El herrero se sorprendió. Por lo visto, hasta allí había llegado la leyenda de Ena.
–         ¿Quién es esa mujer?- preguntó Francisco.
–         Es Ena, la fundadora del pueblo. Hace muchos años llegó aquí y se quedó a vivir. Protegía a todo el mundo. Debía ser muy buena porque todos la querían mucho.
–         ¿Y qué le pasó? ¿Se marchó?
–         No, está aquí, ¿no la ves?- contestó la niña.
–         Pero eso sólo es una estatua- dijo extrañado el herrero.
–         No, ella está aquí- dijo la niña.
–         Se parece mucho a ti, es curioso- dijo el herrero.
La niña le miró sonriendo, pero no dijo nada más.
Francisco pensó que, al igual que en su pueblo, la gente creía que la leyenda era verdad, pero cada uno a su manera.
–         ¿Dónde está todo el mundo?- preguntó Francisco.
–         Están preparando la fiesta de despedida de Ena- contestó la niña.
–         ¿Y en qué consiste esa fiesta?
–         Todos los años Ena se va un día a otras tierras para proteger a los habitantes de otros pueblos. Se sube a una gran ola y se marcha- contestó la niña.
Francisco sonrió. En ese pueblo la leyenda de Ena era al revés que en el suyo, en lugar de llegar una ola, se iba…
Siguieron paseando y llegaron a un pequeño puente sobre un riachuelo. Francisco se detuvo, también le daban miedo los puentes, temía resbalarse y caerse abajo.
Pero, una vez más, la niña le tiró de la mano y le ayudó a pasar el puente.
Como no había nadie en la tienda de alimentos, la niña le dijo que se sirviera lo que quisiera, que no se preocupara, la tienda era de su tío. Francisco le dio las gracias a la niña y cogió algo de fruta y una botella  de agua. Al lado de la tienda había un panal de abejas. Al acercarse vio que eran abejas muy especiales, de color azul.
 
–         No te preocupes, no hacen nada. Sólo hay que tener cuidado de no pronunciar una palabra, porque si la escuchan se enfadan muchísimo. Te la digo bajito en el oído, ¿vale?- la niña se acercó y le susurró la palabra prohibida.
–         Ah, vale. Dime una cosa, ¿estas abejas dan miel?
–         Sí,  y es muy buena, si quieres te puedo dar un poco, tengo algo en un frasquito pequeño, lo guardo en un bolsillo. Oye, y ¿por qué has venido hasta aquí?- dijo la niña mientras le daba el frasquito de miel.
El herrero le contó la historia de la ola, y cómo se había embarcado hasta llegar allí.
–         Pero ¿por qué no quieres ver la ola cuando llega a tu pueblo?
–         Porque tengo miedo.
La niña abrió los ojos de repente.
– ¡Has dicho la palabra prohibida!
El herrero se dio cuenta de su error pero ya era tarde. Miedo, la palabra prohibida era miedo.
–         ¡Corre, huyamos, rápido!- gritó la niña.
Francisco comenzó a correr, cogiendo a la niña de la mano, y huyeron hacia la montaña. Pasaron corriendo por encima del puente, con las abejas pisándoles los talones. Salieron corriendo del pueblo, tomaron el sendero y pasaron al lado de la vaca, que seguía durmiendo, pero las abejas les seguían, cada vez estaban más cerca. Pensó que si se metían en el pasadizo conseguirían despistarlas, pero no le dio tiempo de cerrar la puerta y todo se llenó de abejas. Tanteando en la oscuridad cogió a la niña y corrió como pudo por el pasadizo a oscuras. Al llegar al otro lado vio que alguien había arrancado la puerta y no se podía cerrar, así que las abejas salieron disparadas continuando la persecución.
De repente se le ocurrió que si subían a su barca y se adentraban unos metros en el mar estarían a salvo.
–         ¡Vamos a mi barca, las abejas no nos seguirán mar adentro!
–         ¡Vale, corre, corre!- gritó la niña.
Perseguidos por el gigantesco enjambre de abejas se metieron en la barca y Francisco comenzó a remar con todas sus fuerzas, hasta que consideró que estaban lo suficientemente alejados de la costa.
–         Uff, menos mal, nos hemos librado por los pelos- dijo la niña.
–         Sí, hemos tenido suerte, la verdad. ¿Cuánto tiempo les dura el enfado a las abejas?- preguntó el herrero.
–         Poco, seguramente ya se habrán calmado, si no encuentran a nadie a quien picar se tranquilizan enseguida. Si quieres podemos volver a la playa- respondió la niña.
Entonces comenzó a llover suavemente, y lo que parecía una simple llovizna se convirtió en una tempestad. El herrero se dio cuenta de que no podía controlar la barca.
– ¡Maldita sea, no puedo volver! ¡Agárrate a esa cuerda lo más fuerte que puedas, voy a intentar dirigirme a la costa!
La niña obedeció pero el herrero no podía controlar la barca, en cuestión de minutos perdieron de vista la isla, y la tormenta se hizo cada vez más intensa. Azotada por los huracanados vientos la barca se balanceaba a merced de las olas, y Francisco lamentaba el momento en el que decidió hacer ese viaje.
De vez en cuando miraba a la niña, pero ella no decía nada, permanecía agarrada a la cuerda como le había dicho el herrero y no dejaba de mirarle.
Tras unos momentos que parecieron siglos sintieron un golpe brutal, y notaron cómo la barca se levantaba bruscamente. Estaban siendo arrastrados por una ola gigantesca. Viendo que no podía controlar la barca decidió agarrarse fuertemente al timón.
De repente vio a lo lejos tierra firme, y se quedó boquiabierto al descubrir que se acercaban a su pueblo, subidos encima de la gran ola. El viento y la lluvia eran intensos y apenas se oía nada más que la tormenta. Francisco empezó a pensar que iban a morir aplastados contra el acantilado. Entonces oyó la voz de la niña:
-¡No tengas miedo, no tengas miedo, siempre te protegeré!- gritó la niña.
Entonces se giró para mirar a la niña y se quedó petrificado al ver que no estaba allí. ¿Se habría caído al mar? No había tiempo que perder, con toda su decisión se puso de pie y se lanzó al agua, y buceó buscando a la niña hasta que no pudo más. Por  fin salió a la superficie, y lo primero que vio fue la gran ola estrellándose contra el acantilado. Por primera vez en su vida no tuvo miedo al verlo. Como pudo, nadó hacia la orilla y al llegar a la playa estaba tan cansado que se quedó profundamente dormido. Al rato despertó, y completamente empapado se puso de pie.  No dejaba de pensar en la niña.
– ¿Qué le habrá sucedido?- pensaba entristecido.
Cuando se encontró con la gente del pueblo comenzó a contarles la historia, pero nadie le creyó.
–         ¡Es cierto, lo he visto con mis propios ojos! Si no me creéis venid conmigo en una barca y os enseñaré el lugar. Sólo está a unas horas de aquí, sé cómo llegar- dijo Francisco.
Unos cuantos curiosos se animaron a embarcarse para ver si era cierto o no el descubrimiento del herrero.
Horas después, el herrero pensó que estaban llegando a la isla de la princesa.
–         Debe estar cerca, según mis cálculos es aquí donde está la isla.
Pero por más que buscó no vio nada. En aquel lugar no había ninguna isla, y por más lejos que mirara con el catalejo no se veía nada en el horizonte. Decepcionados, decidieron volver al pueblo. Todos creyeron que el herrero se había vuelto loco. Durante el viaje de regreso Francisco no pronunció una sola palabra. Estaba triste, quizá se lo había imaginado todo.
Al llegar al pueblo se dirigió a su casa, pasó por encima del puente, apartó con las manos a varias vacas que le obstaculizaban el camino y entró en su vivienda. Su mujer le esperaba. Le dio un abrazo y le consoló.
–         Estoy muy orgulloso de ti. Has sido muy valiente.
–         Quizá, pero todo ha sido un sueño, aunque parecía tan real…
–         Ven, dame tus ropas, estás empapado.
El herrero se quitó la camisa y se la dio a su mujer.
–         Anda, ¿Qué es este frasquito que llevas en el bolsillo? Parece miel.
–         ¿Cómo?
Francisco abrió los ojos de par en par. Era el frasco que le había dado la niña. Entonces sonrió y abrazó a su mujer. No lo había soñado. Había descubierto el secreto de Ena, la Ola. Ahora sabía que ella siempre le protegería, y que gracias a ella había conseguido superar todos sus miedos…
 
Desde aquel día, cada 28 de julio Francisco acudió al acantilado, y desde allí contemplaba con todo su esplendor la llegada de la gran ola, con los brazos abiertos, sonriendo y recordando la dulce voz de Ena, que siempre estaría con él…
 
FIN
 
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